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nuevos tiempos

Publicado por ostap

Tras algunos meses de inactividad bloguera, vuelvo!!!

Han pasado tantas cosas…desnudos2.jpg 

Pajín y un señor de Valladolid

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Hierven estos días las redes sociales, los blogs y el resto de medios de comunicación con opiniones de lo más variado sobre las declaraciones del alcalde de Valladolid en relación con la ministra Pajín, y de las aventuras sexuales de un escritor al que no voy nombrar, descritas en su último libro “Dios los cria…”

El primero se ha disculpado. El segundo debe estar en ello, aunque parece no acertar en el modo.

¿Sirven las disculpas por el hecho de hacerse públicas?

Si la buena educación en sus pautadas normas recomienda su aceptación siempre que éstas se produzca usando los mismos medios y ámbito que cuando se produjo la ofensa, a mi me sigue pareciendo que las disculpas no tienen valor si el arrepentimiento no es, en conciencia, sincero.

En el caso de este señor de Valladolid, ginecólogo de profesión, y reincidente en declaraciones en las que menosprecia el valor de las mujeres en función exclusivamente de su condición sexual, las disculpas no han sido percibidas como sinceras por nadie.

Lamentablemente todos/as sabemos que “sobrados de testículos” pululan por ahí un puñado de hombretones (educados por sus madres y consentidos por sus mujeres),  pero cuando ciertas posturas se mantienen por nuestros representantes públicos, la cosa es todavía más dolosa. Probablemente si el comentario lo hubiera vertido el pescadero de la esquina con respecto a su señora (ambito privado), el de Valladolid sería de los que, garrote en mano, saldría en defensa de su honra. Hay quien siempre ve santa a la de su casa y puta a la de fuera.

Lo del dueño del difunto Soseki (el gato del escritor) es también para nota. Poca, ninguna decencia, tiene al presumir de haberse “trajinado” a dos menores y explicar que lo cuenta porque el delito ha prescrito. Si presumir de conquistador es como sabemos tan cosa de hombres como el Soberano, los toros y un buen puro, hacerlo de haberse acostado con adolescentes ¿qué es? me lo expliquen. Ganas de vomitar me entran.

Ahora por lo visto y achuchado por las consecuencias que al bolsillo (lugar que les duele a estos machotes tanto o más que un patadón en sus enormísimas y cuadradas pelotas) pueden causarle estas manifestaciones, cuenta que exageró y que aquellas lolitas de unos 13 años no eran tan niñas y que el trajinarse primero a una y luego a la otra se quedó en un inocente “hacer manitas”.

Quienes cedieron su representación a tales individuos, o quienes colaboraron con la compra de su obra o la difusión de su forma de entender la vida, serán quienes tendrán, si quieren, que pedirles explicaciones. Leire ha hecho un silencio, pero yo como mujer no acepto sus disculpas. Sinceramente.

Opos

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Estos días me toca hacer de oyente de programación para docentes de primaria*.
Es lo que tiene ser madre de opositora.
Con los años hemos pasado de la tabla del ocho a la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, pero el escenario es el mismo: la cocina de nuestra casa, un tazón de colacao y dos tostadas. “Tu explícate corazón, que mamá te escucha!”

Hoy el tema abordaba la cuestión sobre la idoneidad de los distintos métodos para establecer evaluaciones o criterios para evaluar a los alumnos (cosa que María, por boca o letra  de otros, asegura son cosas bien distintas).
Me centro en el discurso y le sugiero algunos cambios en las expresiones. Con respecto del contenido soy incapaz de discernir (me queda grande) y me pierdo entre los argumentos. Puede que no ponga suficiente atención porque tengo la cabeza en varias cosas!

¿Se calificaba mejor antes, antes de antes o ahora? Progresa adecuadamente, necesita mejorar, apto, no apto, sobresaliente, cero patatero….

Nuestros hijos han pasado por casi todas las formas evaluativas. Yo sigo prefiriendo el método clásico, el del 0 al 10. Para los profes es más “relajao”.  El “progresa adecuadamente” o “necesita mejorar”, a simple vista más facilito, terminaba en un inevitable asalto de los padres en busca de mayor precisión: “pero dígame usted Don Matías ¿el crío va bien, o muy bien? ¿como para un 6 o para un 9?” Evidentemente tal circunstancia solía darse con mayor frecuencia en el caso de los alumnos aventajados. Para los menos el “necesita mejorar” parecía más liviano que un 2,5. Digo yo.

¿Qué será en el futuro? Evaluar partiendo de unos estándares generales o evaluar partiendo de la situación individual de cada niño o ambas cosas a la vez. Qué criterios para evaluar usarán los nuevos maestros… ¿Mejor? ¿Peor? A mi estas teorías me sigue pareciendo un enroque pedagógico. Volver sobre el quid de la cuestión desde diferentes interpretaciones que los gurús de moda en el magisterio apuntan para la próxima temporada y que otros echarán atrás en la siguiente.

Y mientras sigo escuchando y pongo de nuevo cara de atención,  le doy una vuelta a las lentejas, y mis pensamientos vuelven a resbalan hacia cuestiones más pegadas al objeto de estas largas horas de preparación opositoril“. Y pienso en si  los del tribunal estarán tan preparados como para recordar al pie de la letra el art. 29.2 de la Ley 30/1984, de 2 de agosto que deroga no se que otra trasferida a una Comunidad Autonómica, o algo por el estilo que me está recitando de seguidillo la oradora que tengo paseando de un lado a otro de la cocina y en  si toda esta perogrullada tiene algo que ver con el magisterio real, el del día a día.

Cuánta razón llevaba aquél profesor de autoescuela que el primer día de clase apuntaba en la pizarra con una letra pésima: “Para aprobar el carné de conducir no hay que saber conducir sino saber aprobar el carné de conducir”.

En eso estamos.

* El término exacto sería para maestros de educación musical, que lo mismo dice que no estoy atenta jajajajaja.

El torero

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Ya sabéis que la tauromaquia no ha sido nunca lo mío, que eso de la sangre, la estocada, el pasodoble y llamar fiesta a un sacrificio no me va nada, pero estaréis conmigo en que plásticamente la figura del torero y de la lidia es, además de impresionante, estéticamente perfecta. Rojo, sangre, oro, albero, negro zaíno…

De todos los personajes del ruedo, me quedo, sin dudarlo con la figura de José Tomás. Su clase, su estilo, su figura y la forma de arrimarse al toro me pone los pelos de punta. Uno de esos días en los que una no encuentra un  motivo para pintar, me topé casualmente con una foto del diestro. No se si me impresionó más su mirada de loco o su gesto desafiante, pero me decidí a intentarlo con los pinceles. Mientras estaba en ello, el maestro sufrió una terrible cogida que a punto ha estado de costarle la vida. Pensé: “mierda!! como se muera, no volveré a pintar a nadie. A ver si voy a ser gafe..”.

Pero José Tomás se portó y me dió, por el momento, la oportunidad de seguir con mi retrato.

Gracias José Tomas. No soportaría hacer retratos póstumos.

Justificando que es gerundio

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Merche, compañera y amiga del alma, como diría a través de las ondas radiofónicas, nuestro Gran Mentor, es una de esas amigas de toda la vida: encantadora y puñetera. Cuando nos conocimos en la facultad, recién estrenados los 80, tuve que repetirle hasta la saciedad que Ponferrada, a la que apenas ubicaba al norte en un mapa, no era un pueblín. Que ni teníamos vacas pastando por las calles, ni los hombres llevaban boina, ni las chicas pasábamos las tardes haciendo calceta sentadas en una silla de esparto. Cierto que muchos habíamos salido por piernas en busca de universidad, oportunidad y quién sabe que otras cosas, abandonando una Ponferrada que entonces agonizaba entre humos teñidos de negro carbonilla y luto minero, pero desde luego, hacía ya mucho que los rebaños no pastaban por la avenida de España.

Aquellos estereotipos con los que Merche se entretenía me situaban irremediablemente en medio de una ruralidad entre paleta y pobretona que yo odiaba infinitamente y me obligaban a defenderme como podía. Así una servidora, en un alarde de gallardía y con mueca forzada, enumeraba con sarna los terribles inconvenientes de la gran ciudad y todas sus miserias. Yo, que me sentía más urbanita que otra cosa. Existe, sin duda, esa ligazón casi inexplicable con el lugar donde se crece, que nos comen los diablos cuando alguien se empeña en criticarlo. Sin embargo, reconozco que gracias a aquella disputa, nosotras estuvimos entretenidas y mosqueadas muchas horas, entre clase y clase, y que parte de la amistad que conservamos se engendró en aquellas acaloradas conversaciones.

Con los años y tras esas múltiples volteretas que da la vida, a Merche a mi nos ha terminado separado un gran océano, auque seguimos manteniendo la amistad y la disputa por costumbre.

Hace unos días, Merche me envió un mail con el siguiente asunto:

” Pero ¿qué demonios hacéis en Ponferrada? “

Acompañaba a la escueta interrogación una foto tomada esta Semana Santa en nuestra ciudad. Dos nazaremos apoyados en la pared de uno de los bares populares de la zona alta junto a un letrero que indica: “Matar judíos tiene un precio”.

Me ha llevado unos días buscar la forma de argumentarle que no es lo que parece. Que deberá explicarle a su familia californiana que los nazarenos no son del kukus klan y que lo de “matar judíos” es únicamente una forma desafortunada, aunque tradicional, de llamar al hecho de tomar limonadas. Y que no somos unos energúmenos antisemitas, aunque mirando la foto pudiera parecerlo, que también es verdad. (¿Quién coño le habrá enviado la foto?)

Hoy me ha devuelto un mail con el siguiente enlace http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=521360 

Me cuenta que ha visto en Internet unas imágenes editadas en alguno de los informativos sobre “El rambo del Bierzo” y curioseando (o por fastidiar)  se ha topado con ese artículo en diario de León: “Es un niño grande”

   - Si a beber limonada le llamáis “matar judíos” y a los neonazis les decis “niños grandes”… vosotros por lo visto lo justificais todo.

Muerta me he quedado.

Lo mismo compensaba tener vacas pastando por la Avenida de España.

Ay, que guapo es Don Carlos!!!

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abuelas.jpgCon el retorno al ritmo habitual de trabajo, comida y demás actividades del día a día, el    recuerdo de las recientes navidades se diluye en nuestra memoria casi como mal sueño, y a mitad de Enero ya son agua pasada.

Ahora, mientras digerimos el desastre de Haití no nos queda otra que recolocar nuestras prioridades, propósitos y deseos para el 2010 y situar lo de la dieta, dejar de fumar y hacer más deporte, un par de puestos por debajo de intentar ser mejor persona o ser agradecidos por la suerte que tenemos.

En esto estaba una servidora; dando unas vueltas a los propósitos y al Plantío; enfundada en chandal y zapatillas deportivas y al paso firme que me marcan Julieta y Macarena, y que tiene que dejarnos aliento suficiente para que la conversación nos haga entretenido el ejercicio, porque si no, no tiene gracia. Y vamos ya, como diría el del chiste, jodiendo la octava vuelta.

Las vueltas al Plantío tienen su orden y medida. Lo sabe todo el mundo. El orden lo marca el sentido de las agujas de reloj. Así los recorridos quedan bien organizados. Y se nota si vas de paseo o estás con lo del colesterol por la dirección y el ritmo. Dice Julieta que dos vueltas completas son medio kilómetro, (de ahí lo de la medida), y yo, que soy nueva en este pelotón mariano, a lo que ellas digan digo amén, pero si ya hemos saludado más de tres veces a la misma pareja, y no estaban allí las primeras dos vueltas, llevaremos más de 3 km y medio…

“Ya te acostumbrarás”. Y ellas siguen dándole a la húmeda y marcando el paso como si nada.

A estas alturas ya no puedo con mi alma y además tengo flato. Qué complicado esto de coordinar lengua y piernas sin entrenamiento. A pocos metros distingo un banco que a mi me parece un salvavidas. Acelero cuanto me dan las piernas y me siento. Qué me siento! Me derrumbo! Derrotada junto a dos abuelillas que enseguida me hacen sitio, indico con la mano a mis compañeras que sigan, que ya las cogeré en la próxima vuelta. Quién sabe…

El corazón me late con fuerza y el rubor me delata como novel en estas lides. Tengo el pulso retumbando en mi cabeza. Las mujeres del banco me deben ver tan sofocada que no saben en que momento entrar en conversación, pero observo que me tienen ganas.

“Y digo yo” –inicia la más menuda- ¿vino usted a la comida del viernes?

La miro de soslayo, encojo los hombros en señal de no entender nada y pongo cara de no querer entrar en conversación, pero se empeña en explicarme:

“Si mujer, la comida que nos hacen todos los años los del Ayuntamiento en el centro de día” y me señala con el dedo el edificio del fondo del parque.

“Pues no señora, no. Este año no he ido” Y me paro a pensar en lo mal que me debe estar sentando el deporte o el chandal, que ya me incluyen en el club…

“Pues nos pusieron unos langostinos riquísimos, y cordero –apuntilla-, y luego hubo baile. ¿verdad Paquita?” Y Paquita, hipnotizada con la maratón de paseantes, asiente con la cabeza y con la mirada perdida en el infinito como si pidiera permiso, suspira “Ay! qué guapo es Don Carlos!!”

“¿Cómo dice?”

“Si mujer, D. Carlos, el alcalde” Y se queda anonadada. “Y también dicen que canta boleros muy bien” remata asintiendo con la cabeza a la vez.

Y yo que creía que lo del pavo terminaba a los 14….

Atravieso por el pasillo que traza una diagonal sobre el parque en busca no se de quién.

Mañana lo mismo no salgo.

Cuando los muertos no son de los nuestros. Haití

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Entre las lentejas estofadas y el segundo plato, hoy he perdido el apetito, o la memoria, o la cabeza. No sé.

Durante unos minutos, no he sabido qué hacer sin que cualquier pensamiento me creara dudas sobre si estaría o no en lo correcto. Durante un buen rato he dudado entre  apagar la tele, tirarla por la ventana y cerrar los ojos o bajar a darme una vuelta por el plantío.

Haití, me duele.

No es que me alivie tener constancia que soy tan humana o tan sensible como el resto de la gente que conozco y el resto de la que no. ¿Puede alguien manifestar indiferencia por Haití en estos momentos? Añado sin titubear “en estos momentos” porque no deja de avergonzarme, el hecho de no haber sentido compasión por Haití antes de la tragedia, pero es la pura verdad.

Vivimos así, de espaldas a todo lo que no somos nosotros. Los pobres del mundo nos dan pavor y suelen resultarnos molestos, menos cuando nos da por hacer de “salvadores” de nuestra propia conciencia. Una triste pena.

Una catástrofe de gran magnitud y unas cuantas imágenes en las teles de todo el mundo que terminarán, por cierto, convirtiendo en espectáculo la tragedia, y de repente, todos tenemos conciencia de Haití.

Empieza el show.

Compiten las teles con programas especiales y nº cuentas para recogida de fondos. Compiten los ricos y famosos de Holywood con donaciones millonarias que sus asesores de prensa comunican a los medios para que hagan pública su bondad. Compiten los países y gobiernos que envían equipos, material y personal militar, y cuyos dirigentes se esforzarán en llegar hasta el epicentro de la catástrofe y hacerse una foto, para que sus conciudadanos tengamos constancia de su caridad con los supervivientes.

Me atormenta pensar que, sin todo este tinglado, no seriamos capaces de concentrar nuestros esfuerzos para ayudar a quienes lo necesitan cuando lo necesitan, pero debe ser así…

Tampoco  dejo de darle vueltas, a esa extraña razón que hace que seamos comedidos con nuestros muertos evitando su exposición pública (por respeto o humanidad) y la que nos impide hacer lo mismo cuando los muertos son de los otros. ¿Hay necesidad de mostrar un primer plano de los fallecidos por alguna razón periodística que no sea morbosa?? ¿Por qué si no vimos ni un solo muerto cuando el terrible atentando del 11S, las mismas agencias de noticias no manifiestan el más mínimo pudor para mostrarnos los muertos haitíanos? ¿Nos duelen menos? ¿Se llama hipocresía, tal vez?

Observo en algunas imágenes la resignación que rodea a los que habiéndolo perdido todo, no tienen fuerzas o tal vez razones para quejarse porque todavía conservan la vida. Me conmueve el silencio atroz.

Veo a un hombre que lleva en brazos a una niña. Camina cabizbajo sin un destino cierto sobre una calzada repleta de cascotes y de cadáveres, y pienso en que tal vez han tenido suerte. El mundo se ha percatado, por fin, de que Haití necesita ayuda. Ha pagado con más de 50.000 muertos.

Entre todos levantaremos Haití, no me cabe duda, y una población ya superviviente mucho antes del terremoto, tendrá que reconocer que esa terrible tragedia es probablemente lo mejor que les ha pasado (a los que quedan claro). Todos sabemos ahora que Haití existe. Y encima tendremos la concienca tranquila y nos encantará verlos agradecidos.

A mi las lentejas de hoy me conducen directamente al baño. No hay estómago que resista semejante asco

El año que Pilufo no montó el Belén

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Pilufo

El día que vimos por primera vez a Miguel Angel, estaba sentado en lo alto de un trono real que el ayuntamiento había instalado en la avenida de España para recibir a los magos de oriente. Llevaba alguna copa de más, un montón de ropas sobrepuestas y raídas, unas botas de piel vuelta de color negro, un curioso sombrero vikingo con dos enormes cuernos y un brik de Donsimón bajo el brazo. Subido a lo alto del estaribel, cantaba y saludaba a quienes por allí nos percatábamos de su presencia.

Hacía un frío que pelaba y nos recogíamos después de haber realizado algunas compras de última hora tan típicas de estas fechas navideñas. Lo recuerdo perfectamente porque la circunstancia la hemos comentado como anécdota durante todos estos años.

Felizzz Navidaddd!!! Gritaba, y si no recibía contestación, arremetía con un gesto de desprecio o de ignorancia, no se muy bien.

Nuestra hija tenía por entonces 5 años y en aquel entorno, aquel personaje disfrazado de vikingo le pareció, efectivamente, un rey, así que se empeñó en subir hasta el trono y contarle con todo tipo de detalles la extensa lista de peticiones que había preparado en su carta.

Por un momento no supimos que hacer y tratamos de evitarlo con cierto disimulo. Pero era tanta la ilusión que la niña tenía por sentarse junto a aquél rey, que asentimos aunque no sin cierto temor. Allí se encaramó como pudo hasta lo más alto de la escalinata y sentada sobre las rodillas del mendigo y con los ojos abiertos como platos, trató de explicarle lo bien que se había portado a lo largo del año. El gesto nos dejó sin respiración durante unos segundos, pero enseguida nos dimos cuenta de que la escena, aunque surrealista, era inocente y tierna a un tiempo, y que aquél hombre del sombrero con cuernos, nos guiñaba un ojo en señal de complicidad mientras seguía fielmente el papel que la niña esperaba.

Nos despedimos con ganas de salir corriendo mientras escuchábamos la voz de nuestra hija, entrecortada por la emoción, que nos explicaba lo que el mago le había dicho, pero nosotros sólo pensábamos en llegar pronto a casa y en una buena ducha de emergencia. Con los críos te suelen pasar cosas muy extrañas, comentamos.

Una vez descubierto el personaje durante aquellas vacaciones, comenzamos a reconocerlo limosneando los días de mercado por la calle del Cristo, junto a la puerta del que fuera teatro Adriano con un par de perrillos que debían servirle de compañía y también de calefacción. Alguien nos dijo entonces que todo el mundo conocía a aquél hombre con el sobrenombre de Pilufo, y auque afectado por el abandono voluntario, el alcoholismo, y una larga historia personal, era bien querido por todos los vecinos de la zona.

Pilufo, que nunca pide y casi siempre canta, quedó incorporado a nuestro cotidianidad y pronto lo convertimos en un vecino más. Nos conocemos por el nombre, nos preguntamos por la familia…

Son muy populares los calendarios de bolsillo que por estas fechas navideñas Pilufo nos regala a los conocidos del barrio y que llevan, de un lado una foto suya y del otro, alguna frase ocurrente. Un mendigo que regala calendarios con su foto. Qué cosas!

Desde hace 12 años, Pilufo monta cada Navidad y con bastante gracia, un precioso belén en su rincón de la calle del Cristo. Un belén que a pesar de dormir a la intemperie, es respetado y admirado por cuantos paseamos la calle de día y de noche. Un belén merecedor de cualquier premio a la decoración navideña. Al ayuntamiento se lo dejo como idea….

Este año Pilufo no ha montado su belén. Anda pachucho. Desde este rinconcito le enviamos un abrazo bien fuerte. Miguel Angel, se te quiere y se te echa en falta.

Mirar hacia adelante

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Me ha costado bastente retomar el blog. No es que no se me ocurren cosas que contar, o que no me sucedan algunas dignas de ser comentadas, que también, es más bien la falta de tiempo. Algunos acontecimientos familiares que afortunadamente se van resolviendo bien, me han tenido ocupada física y mentalmente. De todas formas reconozco que me falta método para ser una bloguera al uso y que mas bien utilizo yo estas páginas como desahogo personal que otra cosa. Aún así se que algunos amigos (dos jajajja) seguis al tanto de mis cosas por lo que se me va ocurriendo escribir, de modo que con que una sola persona leyera algo de lo que voy escribiendo, ya me siento en la obligación moral de corresponderle en la mejor forma que se me va ocurriendo.

Este año tendría en mi diario algunos títulos interesantes con que ser recordado. Podría bien ser “El año que murió el rey del pop”, “el año de la gripe A” “El año que Obama presidió el mundo” “El año de la crisis”…

Y ya de forma más apegada “El año en que se inundó nuestra casa” “El año que operaron a mi madre”, “El año que no fui a Paris”…

Como véis, el tono general es más bien catastrófico, así que estoy deseando que termine.

¿y vosotros?

Por cierto, éste es el último cuadro que me he traido a casa. Un beso.

Falleció muy a su pesar

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Carmina debió ser una mujer con cierto carácter.

No podría indicaros su edad, aunque aventurándome un poco y a tenor de sus 14 hermanos políticos, ahora debía rondar los setenta. Lo imagino sin certeza porque pocas familias tan numerosas quedaron tras las hambrunas del final de la contienda y los incentivos del régimen franquista.

Carmina, que también estuvo casada, debió conservar muchos recuerdos de aquellos tiempos difíciles y no debieron quedarle ganas de repetirlos, de modo que sólo tuvo un hijo, Ricardo. Eso, o que los anticonceptivos, aún siendo pecado mortal, empezaron a popularizarse, pero tampoco se con seguridad si estoy o no en lo cierto. Me consta que no tuvo nietos.

Supongo que el silencio y la quietud de una familia corta deben hacerse extraños cuando provienes de una numerosa y que la memoria de Carmina, con el paso de los años, debía devolverla, en muchas ocasiones, al bullicio de aquellas horas de la comida en casa de sus padres, al rato de los juegos compartidos o al de las peleas entre hermanos.

Tampoco sé si el dato de los 14 hermanos políticos corresponde a los matrimonios de sus hermanos y hermanas o si eran repartidos entre sus cuñados y los de su marido. Aún así, 14 son muchos.

Carmina y yo debimos cruzarnos en la calle en numerosas ocasiones. Seguramente comprábamos pan en la misma panadería, la de Abel, y coincidiríamos muchos miércoles revolviendo entre los mismos puestos del mercado. Sin embargo, y aunque probablemente nunca nos percatamos la una de la otra, ahora soy consciente de su existencia a través de su esquela.

Curiosa costumbre la de pegar esquelas en postes y paredes o escuchar el obituario en la radio local y que siempre me han parecido de pueblo o de otros tiempos.
Hay un puñado de personas apelotonadas en la esquina de la plaza Lazúrtegui que curiosean y comentan con resignación que hoy han caído cinco. Mientras unos, de un vistazo, respiran con alivio porque la media de edad de los difuntos está algo por encima de la suya y echan cuentas, otros se afligen ante la noticia del fallecimiento de algún conocido para cuyo reconocimiento las esquelas facilitan todo tipo de datos: jubilado de tal empresa, conocido por el mote de, cuñado de mengano, el del bar de tal nombre, etc. Algunos miran con rapidez únicamente los apellidos, por si les suenan, y siguen camino sin detenerse a más. Otros hacen corrillo y comentan lo buena gente que era alguno de los fallecidos y se pasan allí un buen rato.

Siempre había pensando que las plantillas para redactar las esquelas, estaban más que amortizadas. Siempre, hasta que leí la de Carmina, una mujer, por lo visto, fuertemente aferrada a la vida. Una mujer que falleció, como todo el pueblo supo, muy a su pesar.

Su apenado esposo, su hijo Ricardo y esposa y sus 14 hermanos políticos rogaban una oración por el eterno descanso de su alma.